¿Becas para qué?

Por Samuel Bonilla

En días pasados conocimos la nueva – aunque no sorpresiva – acusación en torno al mal uso de fondos públicos por parte de Franklin García Fermín, actual ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT). Al compás de sus predecesores, García Fermín reparte las becas internacionales entre hijos de funcionarios y compañeros del partido1. Hoy, sin embargo, quiero distraer la atención de la discusión entre PLDistas y PRMistas para hablar sobre las becas como política de Estado. Porque la cuestionable asignación de becas es el resultado de la falta de definición clara de la política de educación superior.

El punto de partida del diseño de una agenda de becas debe ser siempre la prioridad estatal. Gran parte de la problemática de las becas hoy radica en el no entender que las becas pueden ayudarnos a construir un puente entre el país que somos y el país que queremos ser, si planificamos para ello. Por eso la pregunta: ¿becas para qué?

¿Para qué quiere el Estado dominicano formar a sus jóvenes en el exterior? ¿Cuáles son esos grandes objetivos que lo llevan a asumir el costo de la estadía y de los estudios de sus ciudadanos en el extranjero? La verdad es que nadie debería tener que adivinar. Es responsabilidad del gobierno explicitar y transparentar los objetivos detrás de tan importante proyecto. ¿Acaso las becas buscan impulsar algún sector de la economía o transformar la matriz productiva? ¿Intentan reducir los altos niveles de desigualdad socioeconómica? ¿Son parte de un proyecto de política exterior? ¿Buscan crear o solidificar lazos internacionales? ¿Son parte de un proyecto de formación de profesores universitarios?

Mientras tanto, propongo superar el discurso de “brindar oportunidades” para que las experiencias de nuestros becarios formen parte de un proyecto colectivo más grande que sus propias ambiciones individuales. Porque parte de lo que implica una cultura de calidad en el marco de un Estado dedicado al cuidado de su gente es planificar para maximizar los retornos de su inversión en la formación de sus ciudadanos.

Tan pronto sabemos el para qué, podemos delimitar las áreas académicas que debemos priorizar. Imaginemos, por ejemplo, que un país como el nuestro decide hacer de la sostenibilidad de sus recursos naturales y el medio ambiente su principal activo. Siendo así, sería lógico que el Estado dominicano promoviera programas de becas orientados a las ciencias agrícolas y de suelo, a los estudios ambientales y de planificación territorial, a las ingenierías relevantes, al estudio de la hidráulica y los recursos hídricos, a los estudios de desarrollo sostenible y energías renovables…

En adición a las áreas disciplinarias escogidas, gran parte del valor que brinda un programa de becas responde a la calidad de las universidades receptoras, a los hábitos de trabajo que desarrollan las academias rigurosas, al acceso de sus profesores y a la red de sus estudiantes-egresados. Entonces, si como país estamos costeando estudios en el extranjero, lo lógico sería que nuestros becarios asistieran a universidades que compartieran ese afán por la excelencia y que superaran con creces a nuestras propias instituciones de educación superior. Aun esto pueda parecer obvio, el lucro no tiene nacionalidad y es más común de lo que podríamos imaginar. Como país, ya hemos sido víctima del lucro, no sólo en el plano local, sino también en el contexto de las becas internacionales mediante acuerdos con instituciones creadas única y exclusivamente para estudiantes dominicanos sin ningún tipo de aval ni reconocimiento académico.

Un ejemplo de un programa de becas que entendía la importancia del calibre de las universidades receptoras fue el programa Universidades de Excelencia diseñado por el gobierno de Ecuador en el 20122. El programa tenía como justificación la búsqueda de un cambio de modelo de desarrollo que llevara a Ecuador a convertirse en una sociedad sostenible y “de conocimientos.” Por esta razón, priorizaba programas en las denominadas ciencias de la vida, las ciencias de los recursos naturales, las ciencias de la producción y la innovación, así como las ciencias sociales enfocadas en planificación y demografía y carreras afines al arte y la cultura. No menos importante, buscaba promover la formación de sus nacionales en los países con mayores niveles de desarrollo científico y tecnológico. Tan planificado era el programa que, para cada una de las áreas disciplinarias, el gobierno presentó un ranking de las 50 mejores universidades del mundo. Si eras admitido a una universidad mencionada en los rankings para cursar un programa en una de las áreas priorizadas, el gobierno garantizaba los costes de alojamiento, manutención y matriculación.

Si bien una agenda de becas puede abordar de manera simultánea múltiples objetivos, hay uno que entiendo está en el centro de la discusión sobre la pobre asignación de becas: el de la desigualdad. Entendiendo que los niveles de ingresos y riquezas de una familia constituyen indicadores confiables a la hora de discriminar a quienes tradicionalmente acceden a las llamadas “universidades de excelencia,” el Estado dominicano debe reconsiderar su decisión de sólo proveer becas internacionales para los niveles de maestría y doctorado. Por un lado, el omitir la licenciatura de la oferta de becas supone que nuestras universidades compiten a nivel internacional. Nada más lejos de la verdad. Lamentablemente, nuestras universidades ni siquiera compiten dentro de la región latinoamericana. Los rankings hablan por sí solos. Y a pesar de que las propias universidades dominicanas no han sabido encarar sus propias debilidades, no es menos cierto que ellas son víctimas del MESCyT: un órgano regulador endeble que le ha dado la espalda a las causas raíz de la pobre formación universitaria.

Por otro lado, privar a un grupo de nuestros jóvenes talentos de la posibilidad de cursar estudios de licenciatura en el exterior es dilatar la lucha contra la desigualdad cuatro años más; es seguir condenando a los dominicanos que no nacieron en la provincia con mayor nivel de desarrollo, a los estudiantes cuyos padres no pudieron costear un pre-escolar porque el Estado dominicano no garantiza el derecho a la educación infantil, es condenar a los hijos cuyos padres no pudieron costear un colegio privado de nivel porque el Estado mantiene sus escuelas públicas en estado de deterioro. Mejorando la formación de grado de nuestros estudiantes más talentosos y de escasos recursos, el Estado comenzaría a compensar muchas de las fallas que él mismo ocasiona en los niveles iniciales del sistema educativo. De más está decir que las becas deberían ser completas. Los estudios universitarios en el exterior tienden a ser muy costosos. Las becas parciales suelen ser insuficientes, lo que resulta en un número grande de ganadores que no las puedan aprovechar.

También es importante pensar en el idioma en que se imparte el estudio. Los idiomas nos permiten importantes reflexiones sobre las dinámicas de poder en los mercados laborales y de la producción intelectual. En lo que a la producción científica se refiere, el inglés es un idioma universal de las ciencias. Consecuentemente, es difícil insertarse en el mundo de las ciencias de hoy sin un adecuado manejo del idioma. Por eso son Estados Unidos, Inglaterra, Australia, entre otros los países que dominan la producción intelectual a nivel mundial. Las instituciones de prestigio en los países industrializados que no he mencionado y que también son considerados líderes mundiales (Alemania, Suiza, Francia, China, Japón, Corea del Sur) en lo que a ciencias se refiere también imparten docencia en inglés, aun este no sea su idioma oficial. Por tanto, no sería una mala idea el empujar a que un número creciente de nuestros estudiantes accedan a programas de estudios en países de habla inglesa o cuyas universidades impartan docencia en inglés.

Esto no quiere decir que como Estado debamos ignorar oportunidades de becas fuera de estos países. Un caso de un país con el que pudiéramos establecer acuerdos importantes y que hoy desaprovechamos es Brasil. En tanto que el Estado brasileño rinde homenaje a sus orígenes africanos, sus universidades públicas (que son las mejores y más prestigiosas) reservan cuotas para nacionales de países que también son afrodescendientes. Más aún, el país tiene una amplia trayectoria formando en áreas que debieran ser de importancia para nosotros y que hoy brillan por su ausencia u estancamiento: pienso sobre todo en ciencias agronómicas. No es casualidad que Brasil se convirtiera en un país neto exportador de productos agrícolas, en parte, gracias a un proyecto ambicioso de becas doctorales en los Estados Unidos en la década de los 70. Pero de nuevo, para esto necesitamos un plan.

El caso brasileño también es útil para recalcar una idea que no me cansaré de repetir y que incluso supera en importancia a la agenda nacional de becas. No basta con formar doctores y profesionales en el exterior si no hay una comunidad académica y un mercado laboral robusto que los reciba al terminar sus estudios. En este sentido, lograr impulsar una carrera académica estable, robusta y homologable con el resto del mundo debiera ser el principal proyecto de un Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología que realmente aspire a promover una formación universitaria de calidad.

Así, se hace evidente que el proyecto de una agenda nacional de becas trasciende a las propias becas. El Estado está obligado a pensar en el pre y el pos de la formación en el extranjero. Para lograr que más personas provenientes de estratos socioeconómicos desaventajados puedan beneficiarse de las mismas, el Estado tiene que darse a la tarea de promover sus programas masivamente.  Para estos jóvenes, incluso el costo de llenar una aplicación es prohibitivo. Ese costo no debe pensarse exclusivamente en términos de dinero, sino también en términos de la exclusión de los entornos donde se desconocen las reglas formales e informales de la academia. Un ejemplo sencillo pero ilustrativo: como parte de sus procesos de admisión, muchos programas académicos extranjeros exigen altos puntajes en alguna prueba estandarizada. Gran parte de lo que se requiere para obtener altas calificaciones en las distintas pruebas tiene que ver más con el estar familiarizado con la estructura de la prueba y el saber gestionar el tiempo a la hora de completarla que con los propios contenidos de la prueba. Para estos casos, el Estado debe crear estructuras de apoyo que cubran los costos de las aplicaciones y brinden apoyo y acompañamiento en el proceso de las aplicaciones.

Que quede claro que la desigualdad se manifiesta no en el talento y el potencial de los nuestros, sino en su acceso a recursos, en las asimetrías de poder. La desigualdad es obra y creación de las decisiones que desde el Estado tomamos. Por eso, toda política pública, incluida la beca, debe pensarse en favor de la gente.

Finalmente, las becas pierden sentido como política de Estado si no se gestionan de forma transparente. La transparencia inicia convirtiendo las prioridades del Estado en criterios de selección públicos. Quien no fue elegido debe saber por qué, pues esas mismas razones son las herramientas que permitirían fortalecer el perfil para una nueva aplicación, de así desearlo. De lo que se trata es de garantizar que todos, absolutamente todos los que apliquen a una beca concursen en igualdad de condiciones. Esto quiere decir que ser hijo de funcionario o compañero del partido no puede constituir una ventaja en el proceso. De lo contrario, la beca que debería ser un honor se convierte en favor.

Recientemente motivé a una amiga a que aplicara a una beca de gobierno para que pudiera completar su maestría en el extranjero. Su respuesta fue la siguiente: “ya he aplicado cuatro veces… tal vez tengo que dejar de ser activista.”  Me partió el corazón. Frente a la poca transparencia que caracteriza al MESCyT y hecho público el escándalo sobre la repartición de becas entre compañeros del partido de gobierno, la reacción de mi amiga no debería ser sorpresiva. Precisamente por eso, por ella, escribo. El gobierno está en la obligación de transparentar el uso de nuestros recursos. Eso incluye transparentar los criterios de selección de las becas internacionales, los detalles de su financiamiento y los nombres de las personas seleccionadas. Acumulada esa información en el tiempo, estaremos en una mejor posición para medir la efectividad de tan importante inversión.

Samuel E. Bonilla Bogaert

se.bonilla@gmail.com

Twitter: @sbonillab

1Reportaje sobre el MESCyT: MESCYT beneficia a hijos de funcionarios con becas y duplica nómina
2Programa de Becas Universidades de Excelencia: https://siau.senescyt.gob.ec/proceso/becas/

Que dice la gente!

  1. Como siempre excelente análisis. Preciso, objetivo e imparcial. Ojalá sirva de motivación a los organismos competentes para una mejor planificación.

  2. Muy buen trabajo. Expone con claridad nuestras deficiencias en el aspecto de la planificación para un mejor uso de los recursos. Da mucha pena que a estas alturas, ningún gobierno haya tomado la decisión de implementar la educación pre-escolar, que se ha demostrado es eficaz en dar una mejor preparación a los niños, para su desarrollo académico.
    Toda organización política que se tilde de progresista, debe tomar en cuenta el tema tratado en el artículo en cuestión.

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