De las verjas fronterizas y el populismo migratorio

En colaboración con Ivanna Molina


En su discurso de “rendición de cuentas” del pasado 27 de febrero, el Presidente Luis Abinader anunció que uno de los proyectos que se empezarán a desarrollar en el segundo semestre de este año será una verja perimetral en la frontera con Haití, con el supuesto objetivo de “en un plazo de dos años, poner fin a los problemas de inmigración ilegal, narcotráfico y tránsito de vehículos robados que padecemos desde hace años”. Además de la verja, el proyecto incluiría un despliegue de tecnología incluyendo sensores de movimiento, cámaras de reconocimiento facial, radares y rayos infrarrojos.

Días después, el Ministro de Relaciones Exteriores reveló que este proyecto le costaría a la República Dominicana unos cien millones de dólares. Creo que podemos pensar en cuestiones mucho más urgentes y prioritarias en las que se puede hacer una inversión de esa envergadura durante la crisis que nos encontramos producto de la pandemia. Pero, al margen de ese análisis y enfocándonos en el tema del control de la inmigración mediante la “verja” ¿Frenan los muros, verjas, vallas o cualquier eufemismo que queramos utilizar, el fenómeno de la inmigración? ¿Soluciona algo la hiper vigilancia e incremento de la seguridad fronteriza en materia de migración? Múltiples casos de estudio reflejan que no.

Tomemos el caso de la frontera entre Estados Unidos y México. En la Universidad de San Diego, California, se realizó una investigación de las lecciones aprendidas entre 1993 y 2004 cuando el gobierno de Estados Unidos se abocó hacia un control fronterizo enfocado en la seguridad. La evidencia disponible arrojó que la aplicación de la ley fronteriza y la aplicación de cambios breves en el interior (especialmente en el lugar de trabajo) provocaron que las entradas ilegales se redistribuyeran a lo largo de la frontera suroeste; el costo financiero de la entrada irregular se cuadruplicara; los inmigrantes sin documentación migratoria se quedaran más tiempo en los Estados Unidos; las muertes de migrantes resultantes de cruces fronterizos clandestinos aumentaron drásticamente; y hubo un aumento en la actividad de los vigilantes anti-inmigrantes.[1]

De otras experiencias en distintos países de Europa que han buscado cerrar fronteras para impedir el paso de personas refugiadas y migrantes, los resultados son muy similares: los flujos migratorios se modifican en sus formas y en las rutas por las que transitan e ingresan, pero no en sus dimensiones. Además, se visibiliza un incremento en redes de trata y tráfico con cobros y riesgos cada vez mayores, se incrementa la violencia sufrida por las personas migrantes y refugiadas.

En general, los Estados fallan por asumir la inmigración como un problema y no como un fenómeno tan antiguo como la humanidad que tiene múltiples aportes al país de destino, incluyendo en el ámbito económico. Lo asumen desde la perspectiva de seguridad y no de derechos humanos y se hacen de la vista gorda de que los movimientos migratorios están determinados por las condiciones en el país de origen y las oportunidades en el país de destino y no por los obstáculos que se pretendan poner en las fronteras. Mientras sigan existiendo trabajos que realizar, mejores oportunidades de medios de vida, para la educación, guerras, persecuciones y un sin número de otros factores, las personas nos seguiremos moviendo, de forma voluntaria o de forma forzada, de forma segura o de forma insegura, pero lo cierto es que nos seguiremos moviendo.

Cualquiera que haya ido a cualquier punto fronterizo oficial de la República Dominicana con Haití, que es por donde ingresa la mayor cantidad de la migración irregular de nuestro país vecino, sabe que dichos puntos ya tienen muros, verjas o paredes que han resuelto poco o nada, porque eso es solo cemento o acero que no impide las interacciones humanas, incluyendo aquellas interacciones dominadas por el contubernio y corrupción entre las autoridades (de ambos lados).

Muchos estudios que demuestran la falta de éxito de planes que ponen mayor énfasis en el control fronterizo mediante la seguridad, también demuestran que en dichas experiencias se tomaban pocas acciones de control interno: poca persecución de trata y tráfico, poca o nula persecución de corrupción cometida por agentes estatales que facilitaron dicha migración irregular, falta de sanción a empleadores que violan las leyes de migración, entre otras. Lo que nos demuestra que las soluciones están adentro, en el control interno, y no en las fronteras. Enfocarse en las vallas, muros y puertas, en la hiper vigilancia y el control de seguridad fronterizo, es populismo migratorio y tal y como explicado por Valeria Aron Said, lo que el populismo migratorio termina generando es una falsa sensación de seguridad, y a la larga, mayores dificultades para el Estado.[2]

[1] Cornelius, Wayne A., University of California, San Diego, Controlling ‘Unwanted’ Immigration: Lessons from the United States, 1993-2004 (2004)

[2] Valeria Aron Said, Populismo migratorio: de la militarización y la falsa promesa de seguridad (2021). Recuperado de https://idehpucp.pucp.edu.pe/notas-informativas/populismo-migratorio-de-la-militarizacion-y-la-falsa-promesa-de-seguridad/#_ftn4

Que dice la gente!

  1. Agreguemos a los ejemplos que mencionaron sobre el cierre de frontera con muros o verjas, nuestra propia experiencia con Puerto Rico. Es decir, tenemos una frontera acuática con Puerto Rico, más díficil de cruzar que una verja. Como división natural funciona mejor que un muro porque los riesgos que hay que sortear para cruzarlas son mayores (y pueden incluso costar la vida) y a pesar de que es más díficil cruzar el Canal de la Mona, los viajes clandestinos que cruzan a ilegales hacia Puerto Rico sigen siendo una triste realidad. Definitivamente los muros no resuelven el problema, esa es la realidad. Me gustó el análisis.

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