Guerreras de nacimiento, atletas por accidente

Por Maria Battle

“Tenía mi uniforme puesto y estaba a punto de irme a tomar el examen final para terminar el bachiller. Paré por un momento mi último repaso para saludar a un amigo de la familia que entraba por la puerta de la casa. Cuando volví a sentarme a estudiar estaba concentrada y no me di cuenta que la visita estaba jugando con una pistola. Minutos después disparó el arma. Una bala entró por mi pecho atravesando uno de mis pulmones y lesionando mi médula espinal nivel T7 y T8.”

Miguelina de Jesús tenía 19 años cuando sobrevivió a una de las tantas consecuencias peligrosas de la masculinidad tóxica, la posesión y el uso de armas. A partir de ese momento enfrentaría doble discriminación, por ser mujer y por tener una discapacidad.

En la República Dominicana no contamos con estadísticas sobre la cantidad de accidentes por uso de armas que causan una discapacidad permanente, sin embargo, en una investigación del Centro Regional de las Naciones Unidas para la Paz, el Desarme y el Desarrollo en América Latina y el Caribe realizada en nuestro país se señala que en el 98% de los casos analizados, quienes cometieron el crimen fueron hombres. Los investigadores de este estudio, el español Martínez y el venezolano Malaret mencionan la masculinidad tóxica como causa del alto nivel de homicidios y accidentes en el país.

Hoy, 20 años después, Miguelina afirma que para enfrentar su nueva realidad y rehabilitarse de manera íntegra en cada área de su vida, la vía fue el deporte, “es la mejor rehabilitación que puede tener una persona con discapacidad”. 

Con ánimos de acompañar, y apoyar a otras mujeres con discapacidad físico-motora en el 2017 fundó una organización sin fines de lucro, y el primer equipo de baloncesto de mujeres con discapacidad de la República Dominicana: Las Guerreras Sobre Ruedas.

“Cuando comencé a jugar el país no contaba con un equipo de mujeres con discapacidad en ninguna disciplina, yo jugaba con hombres. También practicaba natación y llegué a competir en los Juegos Parapanamericanos representando al país. Cuando ví que las delegaciones de otros países contaban con hasta 30 mujeres y la nuestra con dos, me motivé aún más a formar un equipo de mujeres que en algún momento pudieran representar a la República Dominicana”. Con esa meta, Miguelina comenzó a reclutar  mujeres que viven con algún tipo de discapacidad.

Así conoció a Patricia Ramírez Coco, quien se unió al equipo de las Guerreras. “A mis 7 años un niño más grande que yo me dio un golpe en la espalda que me afectó la médula espinal creando un tumor, desde entonces no puedo caminar” cuenta Patricia. Hoy, Ramírez Coco es Licenciada en Derecho y activista por los derechos de las personas con discapacidad.

Las Guerreras iniciaron con 7 mujeres, hoy son más de 50. Miguelina cuenta que la mayoría aún no estaban acostumbradas a su silla de ruedas y que nunca antes habían practicado un deporte.

Según un informe del Comité Paralímpico Español, el baloncesto en silla comenzó a implantarse para rehabilitar a los soldados estadounidenses heridos durante la II Guerra Mundial, pero su popularidad se extendió rápidamente por todo el mundo. En la actualidad se practica en más de 80 países. La primera competencia paralímpica de baloncesto en silla de ruedas tuvo lugar durante los Juegos de Roma 1960, aunque las mujeres no debutaron hasta Tel Aviv 1968.

“Me siento fantástica, cuando estoy en la cancha, ni me acuerdo de que no siento mis piernas, me genera tanta adrenalina que olvido cualquier problema personal por lo que pueda estar pasando en el momento” expresa Miguelina con emoción. “La forma en la que me muevo y mi nivel de agilidad en la cancha me hacen sentir como si no tuviera ningún tipo de discapacidad, por eso amo practicar deportes porque siento que nada me limita” dice Patricia describiendo su experiencia.

Miguelina de Jesús y Patricia Ramírez son dos guerreras de nacimiento. Luchan contra ser constantemente vulnerabilizadas y discriminadas, y viven con ganas de vivir. Ellas y todas las Guerreras demuestran que “la resiliencia tiene rostro de mujer” como bien dijo Karen Legrand. También, evidencian la urgencia de continuar desmontando las masculinidades construidas socialmente desde el sistema patriarcal, y que dictan las formas de ser “hombre”.

Miguelina quisiera ver a Las Guerreras Sobre Ruedas ser lideresas en inclusión social de la mujer con discapacidad en el país y en la región del Caribe. En cuanto a las olimpíadas de Tokio está convencida de que tienen el talento, sin embargo no cuentan con el apoyo económico para su desarrollo como atletas. Las Guerreras han solicitado sin éxito al Ministerio de Deportes, y al Consejo Nacional de la Discapacidad, la subvención para desarrollar su proyecto, y el patrocinio para adquirir las sillas de ruedas deportivas para lograr sus objetivos.

En el Estado la palabra “inclusión” duerme en la misma cama que “caridad” y “filantropía”, ignorando que los derechos no son limosnas. Para algo existen los marcos normativos nacionales e internacionales, como los artículos 39 y 58 de la Constitución dominicana. También, la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, de la cual somos Estado Parte, la Ley 05-13, y otros poemas platónicos con quienes pareciera que nadie quiere dormir. No sólo pasa aquí, sino en muchos países del mundo.

Tokio 2020 ha sido un escenario tanto de inclusión como de discriminación hacia atletas con discapacidad. Está el caso reciente de la nadadora estadounidense sorda ciega Becca Meyers, a quien le incluyeron, pero le prohibieron a su madre, que es su guía, acompañarla.  “Ha entregado toda su vida por momentos como este de competir en unos Juegos Paralímpicos. Es inaceptable y me parte el corazón que no entiendan su condición, le es imposible viajar sola, sufre de crisis y quien puede ayudarla soy yo” expresó su madre María Meyers al Washington Post.

El mundo del deporte debe reinventarse ahora, y no después cuando las personas con discapacidad estén ganando medallas a pesar de ser discriminadas, y sin contar con el apoyo de los gobiernos y sus sociedades cómplices, que luego celebrarán victorias que no le pertenecen.

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