La pena

El lunes 27 de octubre del 2014 iba a ser un buen día. Yo había tenido el primer fin de semana de distensión después de seis meses de jornadas largas que se extendían hasta los sábados y los domingos. Ese lunes era como el inicio de un año nuevo. En mi cabeza sonaba una canción, “Crystal Blue Persuasion”, cuya primera estrofa reflejaba mi estado de ánimo:

“Mira a lo lejos, 

¿qué ves? 

el sol está saliendo,

definitivamente” 

Llegué en hora pico a la línea 2 del Metro de Santo Domingo, estaba “timbí” de gente, en vez de quedarme de pie como siempre, tomé un asiento, pero no sería por mucho tiempo. Tras un sonido estridente que me sacó de mi estado de distracción, se armó una estampida en vía contraria a la que se desplazaba el metro. La gente gritaba desesperada por abrir las puertas, yo corría sin saber qué estaba pasando, en mi cabeza se creó una película catastrófica: hay un derrumbe y si nos quedamos aquí, mis padres no me encontrarán, ¡qué vaina!. En medio del caos, me habían golpeado y se me habían caído los lentes, no veía nada y mis manos eran incapaces de sacar el celular de mi bolsillo para intentar llamar al tan publicitado 911. Mucha gente se reconfortaba clamando la venida de Cristo en medio de la desesperación y el tumulto. 

No podía imaginar una canción que describiera mejor el estado de las cosas. La violencia que se vive a diario en nuestro país es como esa salsa: un drama que hay que bailar o llorar

Cuando las puertas del metro finalmente abrieron, saltamos entre los rieles, en medio de un túnel sin iluminación. Salimos del túnel y lo poco que alcancé a ver por mi miopía fue a algunos envejecientes que ya recibían asistencia del personal de la parada, también vi a algunas señoras con quemaduras. Yo, por suerte, estaba bien (o eso entendía en ese momento). Todavía no me había enterado de lo sucedido, pero se rumoraba que había sido un atentado. Hablé con mi mamá, después con mi papá, “estoy bien”, pedí un taxi para llegar a mi trabajo. En el carro, sonaba “Calle luna, calle sol”. No podía imaginar una canción que describiera mejor el estado de las cosas. La violencia que se vive a diario en nuestro país es como esa salsa: un drama que hay que bailar o llorar. Las ambulancias y la prensa ya iban llegando a la parada.

Cuando llegué a mi trabajo, el morbo ya se había apoderado de las redes. Salió el nombre de un supuesto culpable, empezaron las amenazas, empezaron a pedir pena de muerte, hasta que la prensa rectificó: ese no era el culpable, era una de las víctimas y estaba en cuidados intensivos por las quemaduras.

Harta del ruido mediático y cargada con lo que acababa de experimentar, pensé que ver más noticias me haría daño así que decidí abstraerme, pero como ese era el tema del día en un país que está distraído, fue imposible evitar verle la cara al sospechoso y ver la casa donde vivía, y aquí fue, precisamente, que hubo un quiebre en mi vida. Sentí que por primera vez, en 22 años, fui consciente de mis privilegios. La casa del sospechoso estaba debajo del puente Francisco del Rosario Sánchez y era una de las casas censada por la OPRET para ser desplazada por la ampliación de la línea 2 del metro. Yo atravesaba el puente todos los días y no me había detenido a pensar en el hacinamiento, la pobreza, la violencia y el abandono de todos los días. Todos querían saber más, pero me preguntaba si querían saber mejor, ¿qué lo había llevado hasta allí? no podía evitar pensar cuál había sido la pena a la que estaba condenado antes de que todos pidieran que sea condenado a penas más crudas.

Han pasado unos años desde ese evento, pero nada ha cambiado a pesar de que muchos vieron su condena como una victoria. Mañana, nos distraeríamos otra vez, volveríamos a nuestras burbujas buscando soluciones individuales a problemas colectivos, y de vez en cuando, en un nuevo ataque de indignación por alguna otra desgracia, pediríamos a los cuatro vientos penas más duras. Y así será hasta que otra cosa nos distraiga, porque como dice la canción brasileña “Pan y circo”: “Las personas sentadas en la mesa de comer, solo están preocupadas por vivir y morir”.

Que dice la gente!

  1. Bueno, una corrección, para esa fecha Uber todavía no estaba en el país. Al margen de eso, que es insignificante, ciertamente somos muy prestos a exigir penas sin revisar contextos. Y sin embargo, el verdadero culpable de este acto, que también era pobre y cuya motivación aparentemente nunca vamos a conocer (en ese entonces se especuló que había sido pagado por un senador que en ese momento estaba siendo muy cuestionado y/o sometido a la justicia, no recuerdo), no queda eximido de sus culpas. Porque ser pobre no te inviste de bonhomía ni justifica hechos violentos, aunque en algunos casos pueda explicarlo. Siempre tenemos que tratar de entender y buscar causas y la desigualdad social es el origen de muchos de nuestros males, pero en el atentado del metro no creo que aplique.

    1. Hola! cierto, en esa época no había Uber. Fue un taxi (tal vez por la costumbre lo confundí). Gracias por la observación, lo mandaré a corregir en la plataforma.

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