Los 90 y/o los 100 días, – y viceversa –

Llegaron los 100 días de este gobierno, estos primeros días famosos en la política, el tiempo de “gracia” que se le da a los gobiernos entrantes, son una tradición que surge en el 1933 en Estados Unidos a raíz del inicio del mandato de Roosevelt que se dio en el medio del cuarto año de una crisis económica mundial, este acuñó el concepto y durante ese tiempo se dedicó a tomar medidas para rehabilitar la economía.

Para el país esta tradición que se reconoce como el periodo de tregua desde la oposición hacía el gobierno entrante, se ha mantenido y hoy es el arribo a este especie de “final” de ese periodo, donde nos hemos sentido invitadas a reflexionar las acciones del Gabinete del nuevo gobierno que ocupa las funciones del Estado con el primer mandatario Luis Abinader y funcionarios de su partido PRM. 

Tras 16 años en la oposición, con ánimos renovados y caras rejuvenecidas, el PRM celebraba su tan trabajada victoria, en un comando de campaña donde caían confetis blancos y azules, y el público coreaba “los queremos presos” ante la mirada atónita de algunos miembros del recién electo gabinete desde la tarima. “Por fin llega el futuro” anunciaba la emblemática canción de la campaña de Peña Gómez que musicalizaba la noche, marcando que la mística también se había renovado. 

El 16 de agosto, el primer presidente nacido después de la Revolución del 65 asumía la primera jefatura ante los ojos victoriosos de Pompeo. Carros eléctricos de lujo, familia presidencial vestida de diseñador, políticos de alcurnia de la vieja guardia…Se sentía la ruptura con el paradigma peledeista en lo estético y ante todo, el regreso de aquellos rasgos burgueses que siempre caracterizaron al PRD, esta vez recién descubiertos por una generación de jóvenes que no recuerda o no vivió el último gobierno del partido blanco.

Y la verdad es que 100 días para valorar un gobierno, “nuevo” en el poder y en medio de una crisis sanitaria y económica resulta muy poco tiempo para poder asegurar cual es el rumbo que este gobierno tomará en los próximos años. Igual, es posible generar algunas lecturas de la actuación de estos y desde el animo del análisis propositivo le echamos un vistazo a lo presentado en los “90 días de gobierno”, un ¿evento? que resume y engloba el ambiente “afanado” por forrar de hitos sus primeros días.

De entrada, “el cambio’ se ha hecho notar sobre todo en el manejo de sus comunicaciones, enfocada en utilizar producciones audiovisuales y estrategias de mercadeo, que buscan al parecer impactar con la percepción de que estamos ante algo “diferente”. Iniciando porque el presidente electo hizo que los decretos de sus primeros días fueran los tweets más esperados acaparando los trending topics, Abinader se montó en el tren de los presidentes de imagen “progresistas” pero que en la práctica han resultado presidencialistas y continuó el uso de esta herramienta para comunicar ya no desde la oposición, sino que ahora como presidente de la República. Una acción que por los tiempos que vivimos, resulta muy coherente a pesar de lo que suponen estos medios digitales. 

Además de esto, Abinader se ha propuesto ser un presidente “cercano a la gente” por su apertura de dirigirse al país siempre que entiende necesario, que hasta el momento se ha posicionado como el presidente con la mayor cantidad de alocuciones en sus primeros 100 días, 4 en total, además de las transmisiones en vivo para firmas de acuerdos y diálogos intersectoriales para el arribo de soluciones a problemas sociales. 

Esto sin dudas genera un nivel aplaudible de transparencia pero sin dejar de lado la preocupación que genera el aprovechamiento de cada lanzamiento, transmisión en vivo, como instrumentarlo para capital político a través del “aparataje” que han caracterizado. Un tratamiento que no se distingue del PRM en campaña, al PRM gobierno de turno, definitivamente una transición que le ha costado, no solo por lo antes mencionado sino también por los errores de protocolo cometidos incluso por dirigentes de larga data política. Una carta que sale de un despacho de una institución pública firmada con el cargo de esa funcionaria en el partido y no de la institución, preocupa, porque no son errores minúsculos sino que evidencia que este gobierno no sabe dónde empieza y dónde termina lo del partido, lo del Estado y lo personal. Algo que puede agravarse y prestarse para tantas cosas que no son ni democracia, ni cuidado de los bienes públicos. 

Pero ya hablando de las políticas implementadas, lo que se destaca es la estrategia de añadir “valor agregado” a la gestión pública a través de “alianzas” con el sector privado, las APP, la estrategia económica principal del gobierno gracias a una ley aprobada en febrero del presente año en el pasado gobierno que le ha quedado anillo al dedo al “cambio”. Pero la verdad es que no sabemos ante qué aparato de intenciones estamos. Esta “nueva” estrategia pareciera maquillar procesos de privatización de los bienes y servicios del Estado, y esto sí es preocupante. El resultado de este tipo de estrategia pueden ser realmente nocivas para el pueblo, aumentando la brecha de desigualdad con la rentabilización del sector privado/internacional y la institucionalidad. Aunque el gobierno ha aclarado en varias ocasiones que no pretende privatizar el Estado, la línea divisoria entre las APP y la privatización es muy delgada, una apunta a contratos de largo plazo y otra a contratos permanentes. ¿Será esta realmente la solución a nuestros problemas? fue a raíz de este modelo neoliberal que países como Chile despertaron las protestas sociales al encontrarse con la privatización de los servicios públicos, cosa que la ley 47-20 actual puede permitir por la ambigüedad de algunos términos y escenarios discrecionales. 


Al parecer para este gobierno las instituciones públicas, el Estado y los hombres y mujeres que lo conforman no tienen la capacidad de dar respuesta y hacer el trabajo que le compete que en vez de dotar las instituciones de herramientas y personal técnico capacitado y con medidas mitiguen la corrupción, ven como única salida el involucramiento de las empresas privadas. 

Es el propio presidente quien ha expresado que trabajará arduamente para que no existan trabas “burocráticas” para hacer estas alianzas posibles, mientras aprobaba el reglamento de aplicación de la ley 47-20. Algunos de los proyectos que ya se conocen bajo esta modalidad son la “Autopista del Ámbar”, la ampliación del puerto de Manzanillo y el desarrollo turístico de Pedernales. 

En cuanto al tema ambiental un tema que verdaderamente tiene al país en “jaque” por lo vulnerables que somos ante el cambio climático y el mal manejo histórico de los recursos naturales todavía la fórmula de colocar un hombre de notables capacidades diplomáticas  al frente de esta institución está por verse, de que arroja esperanza la dotación de personal técnico capacitado y de sensibilidad ambiental, si es cierto, arroja luz al monstruo oscuro en el que se convirtió dicho Ministerio en la pasada gestión, pero aún no podemos subrayar ninguna acción que siente sus bases en la crisis enraizada. 

Y el turismo “la niña linda” de este país por el momento deja mucho que desear, un ministerio que desde ya sirve de base para acuñar la proyección presidencial de David Collado, quien en sus primeros días hizo los acuerdos que tenía que hacer para consagrarse una vez más con la élite empresarial dominicana. Financiamiento y ofertas en medio de esta crisis para que los dominicanos se vayan de vacaciones sin medir a ciencia cierta cómo ejecutar dicho plan sin suponer hoteles abarrotados, como se han evidenciado y sin darle un golpe bajo a los actores más pequeños del turismo como los proyectos ecoturísticos y rurales que ante dicha crisis se les aperturó una ventana de oportunidad de cautivar más viajeros locales. 

En fín, Abinader y su gabinete asume el mando del país en un momento de crisis comparable con la Gran Depresión a la que Roosevelt se tuvo que enfrentar cuando también asumió esos 100 días para empujar reformas legislativas en un plazo de emergencia, se vislumbra que el gobierno tiene las manos atadas, no solo por la crisis sino por ser nuevos en eso del manejo del Estado, y se puede percibir que se han visto movidos a los golpes de efecto mediáticos (como anunciar donación de sueldos de funcionarios…) para tratar de construir el relato del “cambio” en un panorama adverso. La curva de aprendizaje, sumada a la emergencia mundial, nos llevan a concluir que así como 100 días no son suficientes, tampoco lo será un año o dos, pues durante estos 4 años, el gobierno tendrá que reconstruir el país. Irónicamente, el cambio tiene el reto de hacer que el país se parezca en el aspecto económico a lo que teníamos previo al COVID.

Deseamos más compromiso, menos BAM (si no sabes lo que es, pregunta, ¡alguien te dirá!) y mayores esfuerzos para fortalecer la institucionalidad.

Dejanos tu Comentario

*
*