No fui yo, fuimos todos, no fue nadie.

Por Samuel Bonilla


Apenas se han reunido dos veces en el marco del Diálogo Nacional y ya empiezan a airearse los desacuerdos. Para la sorpresa de algunos espectadores, estos desacuerdos no guardan relación con los contenidos de las propuestas de reforma… Entérese usted que con más de un año de gobierno las propuestas concretas aún esperan ver la luz del sol. Dirían por ahí que el presidente invitó a una comida excepto que no había comida, ni cubiertos, ni una persona que dirigiera la cocina. Y es esa falta de preparación (a la que nos tiene acostumbrados el gobierno) la que con razón levanta sospechas sobre los posibles propósitos detrás del Diálogo. ¿Y cuáles son esos propósitos?

Incluso previo al segundo encuentro, ya hay quienes decían que el Diálogo buscaba dar oxígeno a un gobierno PRMista cuya “luna de miel” llegó a su fin1. Esto quedó evidenciado de manera definitiva cuando los demás participantes del evento se vieron obligados a pedirle al gobierno sus propuestas concretas. Sin embargo, el escenario revela intenciones que trascienden la necesidad de oxígeno. Lo digo precisamente porque de haber querido poner en marcha una serie de reformas sectoriales, el gobierno habría utilizado su mayoría en el Congreso para aprobarlas. ¿O acaso no fue para eso que aspiraron al poder?

El problema de la “identificación de la responsabilidad” es uno de los potenciales detractores de los sistemas democráticos sobre el cual raras veces se comenta2. Pensemos, por ejemplo, en un gobierno de coalición. Cuando gobierna una coalición de partidos, no siempre es evidente quién deberá sufrir el rechazo en las urnas a raíz de una mala decisión. ¿A quién se le atribuye la decisión? Dicho de otra manera, cuando el control sobre las decisiones está unificado, es más fácil encontrar al responsable. Si bien no es el caso en la República Dominicana, el Diálogo podría pretender tener un efecto negativo parecido sobre la facilidad con la que los dominicanos identificamos al actor político responsable de una reforma.

Pensemos por un momento en la reforma fiscal. Ya al poco tiempo de haber asumido el poder político, el gobierno PRMista presentaba una propuesta de aumento de impuestos. Esta, sin embargo, recibió el rechazo inmediato de la sociedad, incluso de sectores empresariales que no estaban siendo afectados en la misma proporción que la clase trabajadora. Era una propuesta que le resolvía un problema al gobierno, empero dejaba intacto el problema de fondo de la desigualdad económica. Supongamos ahora que con los demás partidos políticos y los poderes fácticos representados en el Diálogo el gobierno alineara a los sospechosos de siempre para lograr un consenso que diera aprobación a la misma propuesta regresiva de entonces. ¿Quién sería el responsable del alza de los impuestos? ¿A quién le reclamarías?

No menos importante, tampoco queda claro como el Diálogo coexiste con el trabajo que hoy realiza el Congreso sin antes deslegitimarlo. Amén de sus problemas, lo único cierto en todo esto es que el fortalecimiento de la democracia dominicana está ligado a un mejor funcionamiento del Congreso y depende de que logremos una mejor representación congresual. 

Como si no bastara la experiencia fallida de “diálogos” anteriores, el espacio continúa demostrando lo falso del “cambio.” El escenario ahora institucionalizado nos retrotrae a los tiempos de monseñor Núñez Collado (escoge tú la década porque fueron varias); nos retrotrae a la política de los mediadores y la captura del Estado por parte de intereses particulares. 

Sucede que la representación se gana y se gana en las urnas. Todos los dominicanos tenemos el derecho de expresar nuestro pensar, pero no existen dominicanos con mayor derecho de representación, salvo que sean elegidos para representar. Siendo así, el Diálogo Nacional desnaturaliza el proceso democrático de conformación de gobierno celebrado cada cuatro años. Desnaturaliza también el diálogo cotidiano que presenciamos en el seno del Congreso donde sí están representados los más de 10 millones de dominicanos y dominicanas. 

En fin, ¿para qué votamos? Por eso, a pesar de lo que pueda pensar el presidente, los problemas de la democracia sólo se resuelven con más democracia.

1 Espinal, Rosario (2021, 1ero de Septiembre). El diálogo: oxígeno para el gobierno. Periódico Hoy: https://hoy.com.do/el-dialogo-oxigeno-para-el-gobierno/
Powell y Whitten (1993) y Tavits (2007).

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