Violencia, delincuencia, violación de derechos humanos, atracos, falsos intercambios de disparos y PAGO DE PEAJES…

Por Jonathan Martínez

Desde hace décadas, nuestra policía ha sido sinónimo del mal ejemplo y del peligro. Y esto se debe claramente a que nuestros militares y/o policías no han contado con la debida preparación para desempeñar correctamente su trabajo.

La labor de un policía, o de cualquier actor estatal que tenga como misión hacer cumplir la ley, debe, en primera instancia, tener conocimiento pleno de la ley que se trate.  En un segundo orden, hablamos de una preparación psicológica, social y en derechos humanos, conjuntamente con una debida formación relacionada al conocimiento pleno de su función y el papel que como guardianes y protectores de la ciudadanía deben ejercer. 

Pero, lamentablemente, esto no es lo que ocurre en nuestro país, y sobre todo en nuestros humildes barrios. Si nos fijamos en que sucede en los barrios de la República Dominicana, podemos ver que la policía, más que representar la justicia, representan la corrupción y el peligro — bajo muy escasas excepciones. Los ciudadanos, cansados de ser acosados por quienes deben hacer cumplir la ley, muchas veces están bajo amenaza constante por estos, y quien es delincuente puede ser ejecutado en un ‘’intercambio de disparo’’, aun cuando haya elegido entregarse a las autoridades. 

En la practica el chantaje constante genera desconcierto, y cada vez que tienes un policía al frente tocas tus bolsillos a ver si andas con 200 pesos encima para cambiar el rumbo de la historia.  Esta realidad deforma totalmente la relación que se da entre ciudadano y policía, destruyendo así la confianza del ciudadano/a en sus autoridades.

Recuerdo haber perdido muchos amigos por supuestos intercambios de disparos, que, si bien estaban calientes con las autoridades, habían expresado a través de sus seres queridos que querían entregarse porque ya desde el destacamento lo habían sentenciado a muerte.  Muchas veces esperábamos la noticia de que lo habían dirigido al destacamento y bajo la custodia de las autoridades correspondientes, pero luego nos enterábamos de que las balas le dieron la bienvenida en sus casas o donde se encontraban. En otras ocasiones decían que se lo habían llevado, pero que nunca le dieron entrada en el registro de detenidos.

Esta situación genera distorsión en la misión que deben cumplir nuestros cuerpos castrenses, y sobre todo en un “estado de derecho” donde es esencial el debido cumplimento de lo que en este se establece.

La constitución de la República Dominicana define a la policía como el cuerpo que vigila y salvaguarda a la ciudadanía y que debe perseguir e investigar las infracciones penales bajo la dirección legal de la autoridad competente. 

En estos momentos donde la pandemia obliga a las autoridades a tomar medidas drásticas, como lo son el toque de queda y la clausura de los centros de diversión – cines, discotecas, gimnasios y demás – la policía se ha dado la tarea de más que hacer cumplir el toque de queda, negociar con este y sacar ventaja a su favor de quienes tienen por ahí su PEAJE.  Algo que contradice totalmente la función policial y los hace parte de la trama de delincuencia que se vive en estos días en nuestros barrios.

Sumémosle a esto los numerosos arrestos ilegales e injustificados, así como también aquellos que se realizan violentando la propiedad privada, sacando en muchas ocasiones a los ciudadanos/as de sus casas, como si no contaran con derechos y no se les debe ningún respeto. 

La Policía Nacional tiene que cambiar, pero el cambio debe ser integral y debe comprender una nueva policía que proteja los derechos humanos y que vele por un fiel cumplimiento de la ley en todo el sentido de la palabra. 

Este flagelo data desde el inicio de la misma creación de la policía, y hasta la fecha seguimos bajo un régimen que esta muy lejos de protegernos y más bien pareciera que quiere asustarnos y ejercer la fuerza.

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