Detrás de tu dinero “a casi un año”

Por Samuel Bonilla

El PRM hizo campaña con un lema débil, pero que en el contexto de una sociedad hastiada del entonces partido de gobierno mostró ser efectivo: “el cambio.” El único problema es que “el cambio” solo bastó para ganar las elecciones. Sucede que el cambio anhelado no está en el PRM ni en los partidos que hasta el día de hoy han gobernado en la República Dominicana. 

La gente pedía un cambio de esencia. Aún continúa el reclamo por una solución definitiva a sus problemas más básicos; la gente pide seguridad, garantía de derechos, un nuevo contrato social donde los recursos de todas y todos nosotros estén dispuestos al servicio de todas y todos nosotros, al servicio de la colectividad; pide una reingeniería de la lógica en el poder. Entonces, ¿cambió la lógica del manejo de recursos desde el Estado con la llegada del PRM? 

Para saber si cambió, podríamos estudiar la postura del presidente Luis Abinader frente a una potencial reforma fiscal. ¿Qué es una reforma fiscal? Las reformas fiscales tienen como propósito modificar la manera en que el Estado gestiona sus recursos. La política fiscal aborda ambos los ingresos estatales (es decir, lo que se recauda por vía de los impuestos) y el gasto público. De ahí se desprende que una reforma a la política fiscal supone uno de tres escenarios: 1) una modificación de las recaudaciones; 2) una modificación del gasto público o 3) una modificación del gasto y de la composición tributaria.

Estudiar el abordaje de una reforma fiscal es útil por dos razones. En primer lugar, la política fiscal constituye una herramienta idónea para la redistribución de riquezas. Ya sea por vía del gasto – reorientándolo en favor de las mayorías necesitadas – o de los ingresos – promoviendo un Estado donde los que más tienen asumen su responsabilidad para con los demás, una reforma fiscal pudiera servir para re-pensar el propósito de las finanzas públicas. Entendiendo que una gran parte del descontento de la ciudadanía, y por ende del problema, radica en la desigualdad económica y social sistémica, una demostración de cambio supondría utilizar una reforma fiscal para iniciar ese proceso de transformación. 

En segundo lugar, hablar de reformas fiscales nos permite apalancarnos en el hecho de que, en los últimos 20 años las reformas fiscales, con escasos componentes excepcionales [como la creación del Impuesto a la Propiedad Inmobiliaria (IPI)], han sido predominantemente regresivas, centradas en la actualización de tasas y la creación de impuestos al consumo (que no discriminan a la persona por su capacidad de pago y que por tanto que cargan más a los que menos tienen). Dicho de otra manera, las gestiones anteriores buscaron recaudar o responder a coyunturas que imponían una necesidad marcada de recursos, pero no crearon una política fiscal al servicio de una lógica distributiva de recursos para una sociedad más justa y equitativa.

¿Cuál es la postura del actual presidente frente a una reforma fiscal? 

En una entrevista “a casi un año” de gestión de la nueva administración, el periodista Huchi Lora interrogó al mandatario sobre el tema que nos convoca: “¿Esta reforma fiscal que se está planificando contempla grabar más al patrimonio y las utilidades en lugar del consumo?”1

Como era de esperarse, el presidente evadió hablar sobre su propuesta tributaria para enfocarse en una conversación sobre la política del gasto y el ineficaz discurso sobre la eficiencia. Esto porque, en respuesta a la pregunta de Huchi Lora, jamás propondría un impuesto a la elite económica del país. Su interés no es el interés público, sino el de esa minoría, a la que él mismo pertenece y que raras veces muestra preocupación por la justicia social. Al ignorar la pregunta, actuaba como todos los presidentes que le precedieron. No menos importante, su respuesta desmontaba el sentido de urgencia financiera con el que imprime todos sus mensajes en contexto de pandemia. Si lo que realmente interesara fuera recaudar recursos, irían detrás del dinero, un dinero que no está en los bolsillos de ese 60% de los asalariados que aun ganan menos de 16,000 pesos mensuales2. Si lo que quieren es una sociedad sostenible e incluyente, tal y como pregonaba recientemente el ministro de la presidencia, buscarían el dinero donde está, en las manos de unos pocos privilegiados3.

Por eso indigna escuchar a un presidente hablar de una baja presión fiscal en un país donde se paga impuestos dos veces: la primera por las escuelas públicas, los hospitales, el transporte público y la seguridad ciudadana que no recibimos y una segunda por la alternativa privada que provee “soluciones” inmediatas pero que tiene como desenlace el país desigual e inseguro en el que vivimos.

¿Cuál es esa eficiencia y al servicio de quién está? Gastos en seguros de salud para turistas cuando los ciudadanos tienen que endeudarse para hacerse pruebas de COVID; derroches en actividades de gobierno que además de inoportunas por las implicaciones de salud, muestran incoherencia en el liderazgo público; casi un año de educación donde parecería que apostamos única y exclusivamente a la repartición de tabletas… bastaría con entrar a las oficinas del Ministerio de Educación para entender, pero se tu mismo el jurado.

De lo que se trata es de un liderazgo al servicio de las élites y que finge preocuparse por el bienestar de las mayorías. Tal y como leía recientemente en un editorial del Financial Times, se equivoca quien evalúa la condición de un país en base a indicadores exclusivamente económicos. La mirada, sugiere el editorial, debe ser una más abarcadora, para incluir (y agrego yo priorizar) métricas de salud, educación e infraestructura social. De nada sirve un Banco Central bien gestionado o un ministerio de finanzas públicas técnico cuando el resto del Estado es débil e incapaz de proveer a su población condiciones de vida digna. Más grave aún es la falta por parte del PRM por no entender eso después de repetir la película 16 años corridos.

Aun nos olvidáramos de la política tributaria y nos enfocáramos en el gasto público, llegaríamos a la misma conclusión: el gobierno del PRM es un mal gestor.

Un cambio de gobierno no supone un cambio político de la misma manera que hablar de reforma no implica reformar. Pueden hablar de hasta “doce reformas simultáneas,” y nada cambiará. No cambiará porque los intereses representados en el seno del poder político son esencialmente los mismos. Para muestras la realidad y su acompañante decepción que nos golpean en la cara cada cuatro años. Por eso nos debemos cuidar del conservadurismo.

Al decir de un sociólogo muy cercano al oficialismo, “el conservadurismo es viejo.” Es una herencia del Trujillismo que continuó echando raíces a través del balaguerismo y su heredero Partido de la Liberación Dominicana. Aun siendo cierto, ese análisis se queda corto al dejar fuera a quien hoy se posiciona como el partido más conservador que haya conocido la República Dominicana en la era pos-Trujillo: el PRM. El conservadurismo no es amenaza, sino el pasado y presente de la República Dominicana. Ahora nos toca impedir que se adueñe del futuro.


Twitter del autor: @sbonilla

 1A Casi Un Año, Entrevista especial al Presidente Luis Abinader | Alicia Ortega y Huchi Lora. Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=HN_xxpuWmWM&t=877sf

2Boletín de Salarios y MiPyMes 2019 – Datos para el sector privado no sectorizado;  https://micm.gob.do/images/pdf/publicaciones/libros/boletin/2020/Boletin_18_-_Salarios_y_Mipymes.pdf

3Macarrulla: “Si queremos un país con estabilidad política y social, el sistema debe ser más inclusivo” https://www.diariolibre.com/actualidad/politica/macarrulla-si-queremos-un-pais-con-estabilidad-politica-y-social-el-sistema-debe-ser-mas-inclusivo-IJ26585094

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