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Racionalidades enfrentadas y coyunturas necias

Racionalidades enfrentadas y coyunturas necias

La política es un bicho raro y, por ello, la arena en que ella se despliega tiende a suscitar fenómenos colectivos igualmente bizarros. En realidad, no puede ser de otra forma: aunque parte de la filosofía occidental clásica y el pensamiento político de mayor arraigo han insistido en la noción (o acaso han partido de la premisa) de que el ser humano es un sujeto racional que, por ende, se inclina a comportarse “racionalmente”, sobran ejemplos de cómo la razón pura no es siempre el motor de las decisiones colectivas más trascendentales. Parece entonces que, en determinadas coyunturas y según su propio ritmo, la política tiene el maravilloso efecto de poner todo patas arriba y, al tiempo, cuestionar aquella premisa fundamental.

Lo anterior no se puede asumir en términos absolutos. Por ello, la idea a retener por el momento es que la racionalidad del individuo no es necesariamente la misma del sujeto político; es decir, entre “razón” y “razón política” no hay una correspondencia natural, automática o unívoca. Hay, más bien, ciclos de equivalencia y condiciones de correspondencia en cuya ausencia la “razón” que se predica en el plano estrictamente filosófico pasa a ser lo más próximo a un significante vacío, carente –en tanto tal— de vocación para explicar satisfactoriamente las decisiones y actos que se verifican en la arena política, bien en procura del poder, bien en procura de fines y propósitos de más amplio alcance. 

Tengo la impresión de que esta separación conceptual –muy a la Perelman— entre “razón” y “razón política” tiene un potencial explicativo muy potente. Para comenzar a comprobarlo, basta reemplazar el componente abstracto (“la política”) por un contexto fáctico concreto. Y, como han expuesto de gran manera Ana Bosco y Francesco Ramella [“Italia: la crisis de los escorpiones”, El País, 21 de julio de 2022], uno de los mejores ejemplos es Italia: una república con un sistema político que boya desde hace años en los mares de la inestabilidad y que comienza a presentar los síntomas del enfrentamiento mortal que se reproduce en su seno entre las distintas “racionalidades” de los actores políticos. 

En este punto se impone un repaso rápido de una situación que, vale decir, no entienden “ni los italianos” [Daniel Verdú, “Los herederos de Mario Draghi luchan por hacerse con el centro político en Italia”, El País, 27 de julio]. Hacia principios de 2021, el presidente de la República, Sergio Mattarella, requirió a Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, la conformación de un gobierno de unidad que recondujera el país, marcado desde hace años por un vaivén político mareante que ha terminado por relanzar al conjunto de la centroderecha y su cara más extrema, desde Silvio Berlusconi (y su partido Forza Italia) hasta Giorgia Meloni (Fratelli d’Italia) y Matteo Salvini (Lega), relegando a los partidos “izquierdistas” (básicamente, el Movimento 5 Stelle) y socialdemócratas (Partito Democratico) a una participación un tanto satelital y otorgando un rol fundamentalmente residual a los partidos minoritarios que hoy reclaman el espacio del centro (entre ellos Matteo Renzi y su Italia Viva, o Bruno Tabacci y su Centro Democratico). 

Lo que ha ocurrido es que la gestión de Draghi, aupada desde el inicio por un consenso frágil (la extrema derecha, personificada por Meloni y principal actor político del momento, no le brindó su apoyo), ha culminado año y medio después con su dimisión y la convocatoria a unas elecciones más que trascendentales, que se celebrarán en septiembre. La renuncia de Draghi ha afectado electoralmente a quienes le apoyaron, en específico a Salvini y al Movimento 5 Stelle. Meloni ha salido reforzada, con la sombra de Berlusconi dándole cobijo en una situación inmejorable: recibe a los que repudian a Salvini y, a la par, se refuerza gracias a la pérdida de apoyo electoral a la “izquierda”, que al menos en lo estadístico resulta ser directamente proporcional al crecimiento de la abstención. 

En un escenario como éste, es “políticamente racional” que los principales actores favorezcan el llamado a elecciones por parte del presidente de la República. La convocatoria conviene lo mismo a la extrema derecha, que se ve en una posición de ventaja electoral, como a la derecha y a (lo que queda de) la izquierda, que por su parte podrían recuperar el terreno perdido ante su apoyo a la administración Draghi. Esta es, de manera muy esquemática, la “razón política” que asiste a cada sujeto para moverse con alegría y comodidad en un nuevo contexto electoral. Cuesta creer, sin embargo, que una nueva elección, con todo lo que ello implica, resulte “políticamente razonable” para el sistema como tal –máxime después de tanto proyecto de gobierno fallido en tan poco tiempo. 

Como sostienen Bosco y Ramella, la perspectiva individual de cada uno de los actores políticos del sistema conduce a una explicación “comprensible” tanto del estado de cosas actual como de las decisiones que cada uno ha adoptado a través de los últimos meses, en especial en los compases finales de la gestión de Draghi. Es decir, desde el foco particular de cada sujeto, el escenario que ahora ocupa la república es perfectamente entendible. Pero, al parecer, ese cúmulo de “racionalidades individuales”, en sí mismas explicativas de lo que se ha hecho y dicho hasta ahora en el plano estrictamente subjetivo, ha conducido a una situación colectiva cargada de irracionalidad. 

He aquí el dilema a gran escala que nos revela la crisis italiana: y es que a aquella primera ruptura (entre “razón” y “razón política”) se suma ahora la distancia entre la “razón política individual" y la “razón política colectiva”; es decir, entre la racionalidad individual, por un lado, y la racionalidad colectiva, por el otro. Se trata, pues, de un enfrentamiento directo entre dos “niveles” de racionalidad que ha situado a Italia en un contexto de continua zozobra política y permanente inestabilidad que torpedea el que en rigor constituye su cometido más inmediato: la satisfacción de la batería de deudas sociales, reformas institucionales y ajustes de política pública que se le han ido acumulando. 

Podrá ser más o menos coyuntural que el resultado de semejante ecuación sea la llegada al poder de un personaje como Meloni. Lo que queda claro es que la razón política, o un agregado de razones políticas individuales, puede producir coyunturas necias no del todo convenientes a la razón política colectiva. Además, puede salir muy caro olvidar que sí existe correspondencia plena entre la degradación de los sujetos políticos y la integridad del sistema. Harían bien los primeros en entender que la degradación de este último es su propia degradación, y que “su” razón ha de servir a la del colectivo. No a la inversa. 

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