La clase media despolitizada

Columna de opinión por Elvin Calcaño

Actualmente asistimos a un proceso de derechización generalizada en nuestras sociedades. Lo cual se constata fácticamente en esos discursos de ultraderecha y ultraliberales que hoy tienden a presentarse con normalidad. Lo hacen porque, siguiendo a Lakoff, decimos hay unos marcos de opinión previamente instalados que permiten que circulen como verdades. Así, cuando aparecen en medios españoles la gente de Vox diciendo las barbaridades que dicen, o un Javier Milei en Argentina proponiendo locuras que en la práctica acabarían con los derechos sociales, estas ideas penetran en el sentido común de millones porque estimulan consensos ya arraigados. Se vincula, de ese modo, la xenofobia de Vox o el ultraliberalismo de Milei con valores como seguridad y libertad. No importa que sean cosas tan reprobables como criminalizar al migrante o sugerir modelos económicos insolidarios que nunca en la historia han generado bienestar colectivo. Lo importante es se diga de tal forma que conecten con valores existentes.

En el caso de una sociedad cómo la dominicana esta derechización no se expresa en términos de disputas ideológicas explícitas. Es notorio el proceso de desideoligización que ha venido experimentado nuestro país en al menos las últimas dos décadas. Lo cual sacó del centro de la disputa política aquellos significantes ideológicos que, en el pasado, orientaron la configuración del paisaje de opciones políticas en el país. Actualmente es imposible dividir el escenario político dominicano en sentido de izquierda y derecha o de progresismo y conservadurismo pues no hay alternativas políticas claramente diferenciadas en sentido ideológico. Una ideología no se define tanto en el ámbito del diagnóstico sobre los problemas fundamentales de una sociedad, sino que especialmente en la esfera de las soluciones. Porque para proponer alguna solución a un problema estructural como pobreza o inseguridad hay partir de ideales. Es decir, de un horizonte valorativo al que consideramos debe dirigirse la sociedad. Esto es parte de lo que en términos de Max Weber se entiende como concepción de mundo. Y es ahí, en el campo de nuestras concepciones de mundo, donde intervienen decisivamente las ideologías.

De manera que si analizamos las soluciones que proponen la inmensa mayoría de partidos en el país, éstas no difieren en materia ideológica. Puesto que prácticamente todas se inscriben en un mismo horizonte y consenso dominantes. En mi criterio se llegó a esta situación por la forma en que en nuestro país la racionalidad neoliberal se apoderó de lo que en Gramsci es el “Estado integral”. Esto es, la integración entre las esferas de la sociedad civil y de la política. Llegado a este punto es preciso caracterizar esa clase media despolitizada que, cabe destacar, en la configuración social dominicana es el actor clave en la sociedad civil. Son tres los elementos que más claramente la definen. El primero es su carácter aspiracional: es un sector que no es ni pobre ni rico pero que se proyecta en los ricos. Esto hace que se distancie de los que considera por debajo suyo que son las clases populares y excluidas. El pobre representa lo que la persona de clase media no quiere ser tanto en un sentido económico como –y esto es lo determinante– en términos simbólicos en referencia al lugar a ocupar dentro del orden simbólico social.

Y aquí viene el segundo elemento: la cuestión meritocrática. La clase media considera que lo que tiene es debido a méritos en tanto que los que se quedan atrás es porque “no se esfuerzan”. Y ese esfuerzo no sólo tiene que ver con trabajo sino con que entiende es el único sector que paga impuestos adecuadamente. Este aspecto implica un doble juego porque la clase media se asume en una suerte de punto medio injusto: los pobres de abajo “no pagan” impuestos porque el gobierno los exime de ello por “populismo”, y los ricos de arriba tampoco por privilegios. Vemos, pues, que la idea de la meritocracia llegado a un punto hace que la clase media rompa con los ricos en quienes se proyecta. Pero veremos que luego vuelve al primer punto de partida.


Y aquí el tercer elemento: la clase media rechaza la política porque la considera “corrupta”. Todos los políticos son malos pues representan corrupción, “populismo”, etc. Los buenos son los que se esfuerzan y “no viven de la política”. Es decir, la clase media y los ricos. En este sentido impera la idea de que el rico es producto del esfuerzo y del riesgo. Por eso, como dijimos, si bien en un punto la clase media apunta contra los ricos en otro los legitima nuevamente. Así pues, el carácter tendencialmente neoliberal de buena parte de esta clase media. Esto es, su inclinación a rechazar la política al entenderla como lugar que niega las verdades económicas. Además, al considerarla como ámbito moralmente opuesto al de la economía donde se “compite libremente” y ganan los que “se esfuerzan”. De ese modo, tiende a evaluar la política desde valoraciones de tipo económicas: si un congreso es “caro” hay que reducirlo o bien eliminarlo y si los partidos políticos reciben dinero de “mis impuestos” es un escándalo. Todo ello conforma la actual despolitización de dicha clase media. Lo cual, por otra parte, explica su inclinación a la antipolítica debido a que concibe lo colectivo desde el imaginario de la primacía de la competitividad individual. Por ello, es esta clase media el actor clave a la hora de configurar la derechización actual de nuestras sociedades. Impulsando un populismo antipolítico que propone soluciones en clave neoliberal a problemas de inseguridad, ineficiencia de servicios públicos, precarización y otros que crea el propio neoliberalismo. Exige menos política para solucionar dificultades surgidas específicamente por falta de política. Por política, dicho lo anterior, entendemos la acción colectiva y que no hay soluciones individuales a los grandes problemas colectivos.

Postdata: aprovecho este cierre para dirigirme a liberales o conservadores rigoristas que tal vez se incomodaron porque cité a Gramsci o porque hice una crítica abierta al neoliberalismo. Lo que propongo en este análisis no es un rechazo a la clase media en función de recuperar una reivindicación del sujeto popular revolucionario. Antes bien, sugiero que ese importante sector social vuelva a interpretar nuestros problemas colectivos en términos políticos. Para que la discusión pública recupere su registro político de forma que las diferencias ideológicas se asuman como lo que son: manifestaciones legítimas de la diversidad de concepciones de mundo inherente a toda configuración social. Y, en ese contexto, que no sea la despolitización de tendencia derechizante lo único que circule como legítimo y normal en la sociedad. Apostemos por la repolitización de la clase media.

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